SOBRE MI

Me llaman Sergio, aunque me encanta que me llamen Ser. Nací en 1959, vivo en un pueblito al lado de Bilbao y me encanta reír.

La foto de la izquierda la utilicé como parte de la presentación de una charla, la primera, que impartí en un centro de Miribilla (Bilbao) en marzo del 2013. La otra es de esta mañana, 10 de marzo de 2017. Median cuatro años entre ellas, del mismo Ser, pero no me reconozco en la primera y quiero compartir contigo la alegría que siento en mi interior, junto con los pasos que he dado para ello (fundamentalmente comprender unas cuantas cosas de la vida).

Hace unos años no veía este mundo como lo veo actualmente. Antes lo percibía como un lugar de lucha, en el que debía conseguir aquello que creía necesitar para vivir: dinero, relaciones, placeres, tiempo libre… Intentaba que el mundo “me lo diera” y, cuando lo tenía, me sentía bien, pero no del todo, porque me rondaba el miedo a perderlo. Esta lucha constante me creaba tensiones, ansiedades e incertidumbres, sintiéndome muchas veces como un ratón dando vueltas a una rueda, viviendo el mismo día una y otra vez. Además, echaba en falta algo que, para mí, podía dar sentido a todo: el amor. Notaba que escaseaba entre lo seres humanos, que éste era un mundo despiadado y cruel en el que existía un dios que eclipsaba a todos los demás con su tremendo poder: el dinero, adorado por la inmensa mayoría de las personas, doblegando voluntades y valores personales.

Por otra parte, desde que yo recuerde, siempre he creído en que los sueños se cumplen, que si te propones algo, lo visualizas y te sientes como si ya lo hubieras conseguido, tarde o temprano se materializa. Esta es la primera gran verdad que asimilé en mi vida. La trabajé a fondo en un curso del “Método Silva de control mental” al que asistí un fin de semana en Bilbao, hace un porrón de años. Allí descubrí la fuerza de la visualización y de la relajación, impactándome de tal forma que han quedado como una forma habitual de trabajo interior.

Además, siempre he sido una persona con ciertas inclinaciones espirituales que, al principio, sólo se manifestaban en lecturas y conceptos teóricos, pero luego pasaron a convertirse en una práctica interna. En el año 2002 comencé a escribir un diario (“Diario de éxito”) con el objeto de que fuera un cuaderno de bitácora donde transcribir mis ejercicios mentales (fundamentalmente afirmaciones, meditaciones y visualizaciones), junto con las enseñanzas de los libros que leía (“Conversaciones con Dios” lo releí unas cuantas veces). También transcribía, y transcribo, mis vivencias y experiencias personales para ver en ellas el resultado de mi trabajo interno, porque sabía que nuestro exterior es un reflejo de nuestro interior. 

Este trabajo interno estaba orientado, fundamentalmente, al aspecto económico: quería saber qué afirmaciones decía o qué visualizaciones-sensaciones creaba en mi interior, para confrontarlas luego con los resultados en ventas que obtenía, ya que en aquella época trabajaba, como comercial, para una empresa editorial vendiendo cursos de inglés (sin tener ni idea del idioma). Me esforcé un montón en conseguir la ansiada abundancia económica, un montón, la verdad. Me repetí miles y miles de veces frases parecidas a éstas: “soy un comercial de éxito”, “gano muchísimo dinero” o “atraigo mucho dinero a mi vida”, durante una hora diaria, mientras iba a trabajar en el coche. Luego, en casa, solía hacer unas estupendas visualizaciones en las que me veía en un posición económica saneada, llegándome dinero por todas partes. Pero mi vida real no reflejaba estos cambios de la forma continuada que yo deseaba. Había meses que andaba mejor, otros peor y, algunos, muy mal. Yo seguía haciendo mis frases, mis visualizaciones, pero la ansiada prosperidad no llegó cómo esperaba, aunque sí logré cierta tranquilidad económica durante unos cuantos años. Tenía la certeza de que las afirmaciones y las visualizaciones eran producto de la verdad, que son efectivas, pero en mi caso existía algo que me impedía obtener con ellas el resultado que creía merecer por el esfuerzo invertido.

Mientras tanto, gradualmente, fue cambiando mi foco de atención interior: dejé de fijarme en el dinero como objetivo fundamental para irme volcando en cultivar más mi parte espiritual. Siempre me ha gustado la lectura de libros de autoayuda, de psicología (“¿Qué dice usted después de decir hola”, de Eric Berne, me dejó un gran sabor de boca hace muchos años), de filosofía oriental (me gusta cómo se expresa Osho); pero un libro que me ha marcado, y ha sido una de las claves de mi desarrollo interior, es “El poder del Ahora de Eckart Tolle, con el que empecé a vivir en diciembre del 2001. Practiqué mucho el mantener la atención en el cuerpo interno y el estar en el ahora. Durante temporadas me sentía bien, centrado y equilibrado, pero poco a poco volvía a mi antigua vida, a mis viejos hábitos de atención, sumergiéndome en la rueda del miedo, del no poder, de la angustia del día a día. Sabía que en ese libro palpitaba la verdad, de hecho es uno de los pilares de este proyecto, pero no conseguía vivir en mi cuerpo interno de una manera habitual, sólo de vez en cuando. No alcanzaba, de forma permanente, esa paz que transmiten sus palabras.

Luego seguí con “Un Curso de Milagros”. Me compré ese pedazo de libro y comencé a leerlo, a subrayarlo (me encanta hacerlo) y a meditar sobre la teoría, mientras practicaba las lecciones diariamente. Me lo trabajé mucho, otra vez más, pero no conseguí pasar de la lección 45 de las 365 que tiene. Lo dejé porque seguía igual que al principio, sin notar ningún avance significativo. Además, no me atraía su forma de trabajar (me parece demasiado “intelectual”), ni su lenguaje. No reniego de él (aunque acabó en la basura) porque ese libro está escrito desde la verdad, pero no “conectó” conmigo. Unos años más tarde lo volví a intentar, así que lo re-compré, pero nada, esta vez creo que no llegué ni a la lección 20. Y ahí está, en un rincón, cogiendo polvo.

Seguí con mi vida, con mi diario, con mis trabajos alimenticios, y un anhelo fue asentándose en mi interior: el deseo de “dejarme llevar” por el Universo. Esta pretensión llevaba años palpitando en mi interior y, lentamente, se fue convirtiendo en una actitud interna hacia la vida: que ella guiase mis pasos en este camino de crecimiento interior. Muchas veces, lo que yo creía ser señales del Universo no eran más que deseos disfrazados por mi ego, pero en esta época todavía no lo tenía tan claro como ahora y seguí probando cosas porque quería crecer.

En Vitoria hice un primer grado de Reiki y, lo que recuerdo de aquel fin de semana, fue acabar molido de las rodillas. No había camillas en aquel centro e imponíamos las manos al paciente tumbado sobre una colchoneta en el suelo. Mido 1,82 m. y en aquella época pesaba 120 kg., así que puedes imaginar cómo terminé, pero bueno, los problemas de mis rodillas no es culpa del Reiki. Eso sí, lo practiqué intensamente una temporada en mi cuerpo y, poco a poco, lo fui dejando como todo lo anterior, por la ausencia de cambios relevantes en mí.

Unos años más tarde, constelé unas partes de mi vida. La primera vez, lloré como nunca y salí totalmente desencajado por la experiencia vivida, pero nada más. La facilitadora nos comentó (o eso entendí yo) que en tres meses se verían resultados seguros. Sin embargo, en mi caso nada de lo que constelé se materializó y sé que las Constelaciones Familiares provienen de la verdad (los nudos del pasado nos influyen en el presente), aunque conmigo no funcionó.

Seguí con mi vida, con mi diario y con mis diferentes trabajos para pagar las facturas de alquiler y de luz. Un domingo de junio de 2012, tomando un café en Muskiz, sentí la necesidad (esa que brota no de ti, si no de un lugar más profundo) de estar en la naturaleza. Al siguiente sábado ya estaba paseando por Monte Santiago, en Orduña, donde comencé a ir habitualmente todos los sábados. Este lugar se ha convertido en emblemático para mí y allí arrancó otra etapa en mi trabajo interior, que todavía sigue, fundamentalmente relacionado con la energía.

En febrero de 2013, fui a darme unas sesiones de EMF (8 exactamente) y noté sus efectos desde la primera, sobre todo en las 4 iniciales. La forma de ejercitarse durante el día (releer unas afirmaciones) me gustaba y lo practiqué bastante (cuando tomaba un café sacaba la hoja y me concentraba en ellas). Pero cuando se acabaron las sesiones, se acabaron las afirmaciones y sus efectos se fueron perdiendo, aunque me queda el recuerdo de notarme diferente en aquella temporada. Sentía mi energía cambiada, era algo que funcionaba, pero tenía que seguir recibiéndolas para mantener sus efectos, así que dependía de algo externo a mí. No he vuelto a ir.

En la primavera del año 2013 llegó a mi vida un libro de esos que, cuando lo hojeas un poco antes de comprarlo, ya sabes que te habla a ti: “La energía de los 12 chakras solares”, de Brigitte Müller. Este libro significó la puerta de entrada a mi nueva vida y, aunque su lenguaje me recordaba a “Un Curso de Milagros”, la esencia de lo que transmite me taladró al momento. Me lo trabajé intensamente, sobre todo las invocaciones, aunque esto ya no era un trabajo, era una pasión, porque me notaba creciendo día a día, viviendo con la satisfacción de haber encontrado mi camino de aprendizaje y crecimiento personal. Estuve con él poco más de un año y luego llegaron otros libros que los fui incorporando a mis prácticas diarias. Uno de los importantes fue: “El sendero de la energía”, de Synthia Andrews, que me hizo entender el concepto de que todo es energía y, a partir de ahí, cambió mi percepción del mundo, reafirmándome en el poder de la visualización y dándome cuenta de que estamos interconectados. Ese darse cuenta, en principio de una manera intelectual, de ser uno con el Todo, con la Unidad, con Dios, con… llámalo como quieras, se fue transformando paulatinamente  en un sentimiento de conexión permanente, de un sentirme acompañado en todo momento y circunstancia. En esta sensación, vibra la verdad de que todo lo que vivo forma parte de un Plan Divino, que todas las experiencias que tengo son para mi desarrollo personal y, por lo tanto, todo es motivo de alegría, porque todo es causa de crecimiento interior. También me siento amado, guiado y protegido constantemente por este Universo de amor que nos rodea, que, además, me allana el camino para poder expresar el motivo para el que he sido creado.

Por último, en el verano del 2016 llegaron a mi vida unos cuantos libros de Brian Weiss (“Somos seres divinos evolucionando en cada vida“), que hicieron encajar un par de cosas en mi interior: de dónde vengo y qué hago aquí. Seguido, descubrí la forma de poder cambiar, de una manera cómoda y eficaz las creencias, que me limitaban. Esas creencias, producto de mi ego humano, habían formado una gruesa coraza en mi energía impidiéndome manifestar todo mi potencial personal. A partir de ahí todo encajó, sintiéndome alineado interiormente, y las técnicas que había trabajado con resultados exiguos manifestaron todo el poder que atesoran. En ese momento, pude ser capaz de permitir al Universo que tomara el total control de mi vida y comenzaron a suceder cosas maravillosas, como el que tú estés leyendo estas líneas ahora.

La clave de la alegría, de la felicidad, es el saber para qué estás aquí, descubrir cuál es tu misión en esta vida, y esto se muestra en todo su esplendor cuando reconoces la ilusión que ha estado dirigiendo tus pasos, dándote cuenta de que no eres el ego que crees ser, sino algo más hermoso y vibrante llamado amor. Cuando sabes lo que realmente eres y lo sientes palpitar en tu interior, entonces comienzas a vivir una nueva vida, llena de paz y alegría, porque la energía que eres emana otro sabor ya que se ha conectado a la fuente de la que brota todo. También te das cuenta de que este mundo, que antes quizás veías inhóspito y cruel, como yo, realmente es una maravillosa oportunidad que te regala la vida para manifestar los dones que ha puesto en ti. 

Yo he dejado de quejarme de este mundo para actuar en él, porque este mundo no lo podemos cambiar desde fuera, solo podemos hacerlo desde dentro, desde nuestro interior. Al dejar caer los muros del ego que hemos levantado con nuestra inconsciencia, permitimos que esa luz que somos ilumine nuestro mundo personal, elevando la vibración de las personas con las que interactuamos, que a su vez, elevarán la de aquellas con las que se relacionen. De esta forma tan maravillosa ayudamos a evolucionar a la humanidad, desde nuestro interior, desde nuestro amor, no desde la lucha y el enfrentamiento, que solo conducen a más lucha y odio, como lo demuestran los miles de años que llevamos experimentándolo.

Mi ilusión, al comenzar con esta web, es la de compartir contigo todo aquello que me ha servido para llegar hasta aquí, para darme cuenta de la luz que soy, de la luz que eres. A mí me encanta decir que todos somos seres divinos, la diferencia está en que unos se lo creen y otros no. Y yo me creo ser un ser divino (encima el nombre me acompaña), porque un ser divino es aquel que sólo aspira a amar. Cuando ese es tu anhelo, el universo se pone de tu parte para que consigas manifestar todo tu potencial y te va a regalar todo lo que necesites para expresar los dones que atesoras, porque estos dones los ha colocado él en ti para que los compartas con los demás. Son los dones del amor y el amor comparte, el amor da.

Si lo que has leído aquí te ha hecho vibrar o te suena familiar aunque sepas que es la primera vez que lo lees, y te agrada, te animo a que sigas viniendo por este rincón, porque esa sensación que tienes en tu interior es la señal de que estoy escribiendo para ti.

Un abrazo, de corazón.

Ser en el Monte Santiago.

Y aquí, en el rincón de la luz.

Deja un comentario

Inicio