Siendo lo que somos: consciencia

Ya tenemos acondicionada la mente al haber trabajado las verdades del artículo anterior y comenzamos a ver la vida de una manera diferente. Así pues, es el momento de añadir la guinda al pastel mental que hemos cocinado, con tanto cariño, en este rincón de la luz.

Aunque ya te he dado unas cuantas pistas en las entradas anteriores, ahora vamos a descubrir lo que realmente somos. Te anticipo que las verdades siguientes son más difíciles de asimilar que las creencias limitadoras («no puedo», «no valgo», «no merezco»), debido a que contradicen todo lo que hemos creído hasta ahora. En el mundo de la separación en el que vivimos, estos conceptos rompen el paradigma de lo “normal”, “correcto” o “sensato”. Aquí ya comienzas a separarte del mundo de la separación (valga la redundancia), para entrar en el universo de la Unión. Ahora es cuando puedes llegar a pensar que ya no estás en tus cabales, porque todo el mundo conocido dice una cosa y tú otra totalmente diferente.
Además, si eres un/a «buscador/a» que llevas tiempo siguiendo tu propio camino de crecimiento, hay una creencia que se convierte en un hándicap para el cambio genuino. Esa convicción, auspiciada por el ego, nos dice que aún no somos lo “suficientemente perfectos” para poder fundirnos con el Todo. Mientras llega ese momento, “nuestra” alma se va “perfeccionando-aprendiendo” en cada una de las vidas que vivimos. Esta creencia, que es el ego resistiéndose a morir, se encuentra muy extendida entre la gente espiritual. Sin embargo, llega un momento en que, debido a tu propia evolución personal, descubres la maravilla del Dios-Amor que palpita en ti. Entonces, recibes la certeza de que tú siempre has sido perfect@, que no tienes nada que perfeccionar. Esta idea nace del propio ego creyéndose «no merecedor» y así poder seguir manteniendo el control de tu vida, hasta llegar a “merecer” gracias a él.

Ahora estás en los lindes de tu mundo mental conocido. Si continúas leyendo pueden suceder dos cosas. Que acabes tu viaje aquí y digas: “ese barbas está como un cencerro, hay que atarle”. En este caso habremos pasado un rato a gusto los dos y algo quedará en tu vida de lo que hayas leído o practicado en este rincón. Para mí ha sido un placer compartirlo contigo. Te mando un fuerte abrazo, de corazón, y recuerda: hagas lo que hagas es justo lo más adecuado para ti.
Si, por el contrario, lo que leas, aunque te sorprenda, resuena en ti, entonces, tras acabar con este artículo y trabajártelo unos días, continúa con el siguiente. En él descubrirás la forma de llegar a vivir los conceptos mentales que hemos compartido en este viaje, y tu gran cambio ya habrá comenzado.

Así que, venga, vamos con lo que somos y averigüemos si sigues adelante o te plantas aquí.

LO QUE REALMENTE SOMOS

Somos la suma de un cuerpo físico (energía) y de una consciencia. El cuerpo físico es un vehículo del que disponemos para nuestro uso personal, con fecha de caducidad. Es el coche alquilado con el que “viajamos” por esta vida y llegará un día en que lo “devolveremos”. La consciencia, que habita en este cuerpo, es infinita y eterna: nuestra auténtica realidad. Es la misma consciencia que “viaja” en todos los seres humanos de este planeta.
Conozcamos, con más detalle, cada uno de los componentes del ser perfecto que eres.

SOY LUZ DE AMOR DIVINO
Para comprender mejor este concepto, veamos la definición de la palabra fuerza. Según la física: “es cualquier acción, esfuerzo o influencia que puede alterar el estado de movimiento o de reposo de cualquier cuerpo. Esto quiere decir que una fuerza puede dar aceleración a un objeto, modificando su velocidad, su dirección o el sentido de su movimiento”.

Sabíamos de antes que todo lo que tiene existencia física en este mundo es energía vibrando, es decir, electrones girando, en diferente número y velocidad, alrededor del núcleo de los átomos. Si los electrones se mueven en torno al núcleo es debido a la existencia de una fuerza que los atrae hacia él. Esta fuerza de atracción, que mantiene unido este universo en el que vivimos, se llama AMOR.
Todo lo que tiene una existencia física ES gracias al amor
, aunque no lo vemos así. Solo percibimos las partículas girando, lo que podemos medir con los instrumentos científicos. Sin embargo, la esencia de esa fuerza que cohesiona todo es invisible para el mundo de la investigación, que busca datos evaluables y contrastables. El amor está, pero es indetectable, aun siendo la causa del giro. Por lo tanto, tu cuerpo, ese medio que tienes para vivir tus experiencias sensoriales en este mundo, es energía vibrando en el amor: eres AMOR materializado en un cuerpo humano.
Pero ¿de qué amor estamos hablando?
Esta fuerza no piensa, no elucubra, no calcula: solo es poder de atracción, de unión, sin establecer diferencias ni condiciones de ningún tipo. El auténtico amor es INCONDICIONAL, es el amor de Dios, es DIVINO. Por el contrario, el amor egoico siempre es CONDICIONAL: “te amo mientras satisfagas las carencias que, como ego que soy, creo tener”. Por eso hay tantas roturas de parejas: los egos se unen entre ellos creyendo amarse, pero el ego y el amor incondicional son incompatibles, y tarde o temprano, si la evolución de los miembros de la pareja es dispar, se produce la ruptura. Esta “condicionalidad” del amor egoico se manifiesta en todos los órdenes de la existencia: un padre sería capaz de dar la vida por un hijo suyo, pero no la daría, conscientemente, por el hijo del vecino. Ahora bien, si ese hijo del vecino está atrapado en una casa ardiendo suplicando ayuda, probablemente, ese padre se adentraría en el fuego para salvarle, a riesgo de morir. Esto último lo hace sin pensar y, al no pensar, emerge la auténtica realidad que somos: AMOR DIVINO.

Por otra parte, está comprobado científicamente que emitimos luz. No la vemos, es imperceptible para nuestros ojos, sin embargo, la irradiamos. No somos conscientes de ella, pero es nuestra realidad: tú decides cómo lo interpretas, cómo lo vives. Esta verdad, “Soy luz de amor divino”, como todas ellas, es un concepto mental. Ahora bien, cuando la tengas interiorizada dejarás de pensarla y experimentarás la sensación de ser luz. Esta sensación es la energía de vida de la que brota tu cuerpo: es lo que realmente eres en el plano físico.
No nos vemos como luz, como vibración, nos vemos como materia, como trozos de carne. Esta carne se quedará aquí, convirtiéndose en polvo. La luz que somos se acabará fundiendo con la luz universal, con la Unidad, brillando en ella eternamente.

Esta verdad se complementa maravillosamente con la práctica de «Sintiendo lo que somos: vibración». En ella somos conscientes de nuestra realidad física, a la vez que nos lleva hasta el punto siguiente.

SOY CONSCIENCIA INFINITA SIENDO CONSCIENTE DEL CUERPO QUE HABITA: TODO LO DEMÁS ES IDENTIFICACIÓN, ES ILUSIÓN
Esta ilusión es el juego del Padre (Dios, Íntimo, Todo lo que es… da igual el nombre) disfrutando de su creación a través nuestro, siendo consciente de ella: somos el juego de Dios y, a la vez, somos Dios jugando.

Estamos «jugando a vivir» en esta vida. La vida es como una obra de teatro, en la que representamos multitud de papeles: madre/padre, trabajador/a, hij@, amig@…, y nos acabamos creyendo ser ese papel. Sin embargo, somos algo más íntimo y profundo que ese guion autoimpuesto: somos consciencia de Dios siendo consciente del cuerpo-energía que le alberga. Esto es lo eterno en nosotros, lo inmutable. Todo lo demás: el cuerpo, este mundo… todo cuanto tenga una realidad física, es perecedero, es ilusión. Solo permanece lo real, lo que somos, el resto se diluye en el tiempo.

Este concepto de nuestra realidad esencial se puede resumir en: SOY CONSCIENCIA: TODO LO DEMÁS ES ILUSIÓN.
SER CONSCIENTE es darse cuenta
, es observar, ser un testigo desapasionado; pero estamos siempre perdidos en las ensoñaciones producidas por la mente. La única forma de vivir en armonía con nosotros mismos es ser esa consciencia, y aquí surge el reto fundamental de nuestra atención: ser conscientes del cuerpo que habitamos, actuar en este mundo de la forma en el que «jugamos» y, al mismo tiempo, no perdernos en la ilusión creada por nuestros pensamientos. Para superarlo, solo hay un camino.
Cuando somos conscientes de nuestra vibración ya estamos en el aquí. Si, además, el resto de nuestra atención-concentración la enfocamos en el momento presente (ahora), entonces ya hemos completado la dupla Aquí-Ahora, que es el punto de conexión con el Dios/a que somos. En este punto de equilibrio somos conscientes de la Unidad y desaparece la ilusión, porque no imaginamos nada. No existe ningún “yo” separado ni unido: solo existe la consciencia de todo lo que es en ese momento. No hay “nadie” que observe nada, no hay ego ni pensamientos que nos lleven por su camino: somos el acto de observar (darse cuenta). Somos el “Yo Soy”, donde el “Yo” se disuelve en lo que “Es”.

Este es el final de la búsqueda. En este momento, la identificación que podías tener con la mente desaparece completamente y, con ella, el ego: eres un@ con todo, ya estás en el eterno presente, en el aquí-ahora consciente. Ya no te pierdes en ensoñaciones mentales porque estás totalmente concentrad@ en lo que es, momento a momento.
Cuando vives centrad@ en el aquí-ahora, vibras en una sensación omniabarcante que brota de cada una de tus células, inundándote de un silencio lleno de paz y poder. Has cambiado la dirección de tu foco de atención: has pasado de la mente-ilusión a la sensación-unión. Dejas de prestar atención (sinónimo de dar vida) a la ilusión creada por tu mente individual, para fundirte en la energía (por medio de la sensación) de la Unidad. Ya te has convertido en un ser humano completo, dejas de estar dividido, y no se «pierde» nada de tu energía en mantener viva la ilusión de la separación.
En esta consciencia total del momento presente, todo el poder, el amor y la inteligencia del universo vibran en tu ser. Has “encontrado” lo que buscabas, ya estás reconectad@: has vuelto a casa.

¡Bienvenid@!

Todo aquello que te impida sentir las afirmaciones anteriores con total plenitud en tu interior es el ego, señalándote que eso es mentira por no coincidir con sus creencias. Igual has experimentado zozobra al leerlas: ese desasosiego es la emoción creada por él, enfadado-inquieto por lo que lees. “¿Le vas a hacer caso al chalado este?, ¿no te das cuenta de la cantidad de tonterías que está diciendo?, vamos mujer, ¡hasta aquí podíamos llegar!”.
Si, por el contrario, has experimentado alegría y dicha, es tu presencia divina, tu inocencia todopoderosa, la que ha reconocido aquello que es, aquello que siempre has sido.

Puedes trabajarte estas verdades como si fueran mantras (utiliza la versión resumida de la consciencia). Cógete cualquiera de ellas y repítetela mentalmente, concentrad@ en ella, en todo momento y circunstancia. Si interactúas con el mundo exterior (trabajando, hablando con alguien, jugando con tus hijos, cocinando, haciendo el amor…), presta total atención a lo que haces; pero si notas que te despistas, perdiéndote en pensamientos ensoñadores, vete instantáneamente al mantra correspondiente. Es decir, permanece en estas verdades todo el tiempo que puedas, que se conviertan en tu pensamiento base a partir del cual organizas tu tráfico mental. Cuando tengas tu atención libre de obligaciones del mundo exterior, vete a ellas, una y otra vez, hasta que acaben convirtiéndose en el “papel pintado” que decora tu mente.
Permanece unos 5-10 días con cada una de ellas. Si tienes cierto recorrido de trabajo interior, lo podrás hacer sin excesiva dificultad; si no es así, vas a mejorar mucho tu capacidad de concentración. Al cabo de esos días, notarás como tu energía vibra de otra manera y tu estado de ánimo será diferente. Haz la prueba y me comentas.

Ahora bien, si no estás lo suficientemente desidentificad@ del ego, si tu creencia en la separación todavía es fuerte, estos momentos de conexión (que los vivirás) serán esporádicos y la mente-ego te arrastrará otra vez por su mundo de lucha y negatividad, perdiendo esa plenitud, esa paz, de sentir lo que eres. La única forma de permanecer en ese estado de conexión consciente y permanente es mediante la elevación de tu vibración. Y eso sólo se logra con el trabajo interior, que consiste básicamente en aumentar tu capacidad de concentración.
En este rincón tienes unos cuantos ejercicios prácticos y contrastados (son los que practico habitualmente y vivo sus resultados), que te ayudarán a crecer de la manera más armónica posible. Tú decides si te detienes en la superficie del conocimiento teórico adquirido por medio de estos artículos (quedándose todo en una mera comprensión intelectual), o te lanzas a vivir las nuevas verdades que ya palpitan en ti.

En la próxima entrada te doy unas recomendaciones para ir “Viviendo en la luz: pautas para un trabajo interior”.
Nos vemos allí.
Un abrazo, de corazón.

Volviendo al camino.
(¡No vuelvas! No has llegado hasta aquí para, ahora, darte la vuelta. ¡Sigue adelante, sigue creciendo!)

La reconexión: el regreso a casa

Como vimos en el primer artículo: “… todo aquello que tiene una expresión física en este universo, al estar constituido por átomos, es energía vibrando; todo sin excepción. El Universo es vibraciónlo único que varía es la frecuencia de esta, lo “rápido” o “lento” que vayan los electrones. Lo que aparenta ser más sólido vibra a una frecuencia más baja y lo más sutil a una más alta, más rápida. Si calentamos un cubo de hielo se transforma en agua líquida y si la seguimos calentando se vuelve vapor. Es agua en los tres casos, el mismo elemento, pero su apariencia, su estado físico, es diferente porque ha cambiado su frecuencia vibratoria debido a la energía recibida del calor”.
Como el Universo es vibración, podemos decir que existe una vibración universal que engloba todas las demás. De esta manera, entenderemos que todo lo que tiene consistencia física está conectado a esa, y en esa, vibración universal. En ella queda incluida todo lo creado por dicha vibración, como son las formas mentales, los pensamientos, nacidos del cerebro de los seres humanos y que se convierten en energía-vibración por medio de las emociones que mantenemos. Esta ÚNICA VIBRACIÓN, que todo lo llena, es la Unidad.
Por lo tanto, todos los seres vivos y no vivos formamos un solo Ser; y en todo ello vibra la energía del amor. La fuerza de atracción entre los electrones, la que los mantiene orbitando alrededor del núcleo, es AMOR. El amor es el «pegamento» que mantiene unido este universo físico, fundamentado en la inclusión: nada puede haber “fuera” de él. Y este amor, al incluir todo sin distinciones de ningún tipo, es INCONDICIONAL: la más alta vibración que existe.

ESTA VIBRACIÓN UNIVERSAL DE AMOR INCONDICIONAL, Unidad, es el “cuerpo” de Dios (pon el nombre que quieras a lo más íntimo y sagrado que palpita en tu interior. Yo, por ejemplo, lo llamo Padre) y su «alma», su esencia infinita, es la Consciencia que vive en ti. Buscando la comparación con el ser que somos, nuestro cuerpo es el equivalente a la Unidad; tu Consciencia y la de Dios, una sola. Así pues, y seguro te suena, estamos hechos a imagen y semejanza de Dios.

Ahora, para meternos en materia, vamos con un cuento.

LOS OKUPAS

Tengo una casa (mi cuerpo-energía, el templo de Dios) grande, con muchas y enormes habitaciones, una piscina olímpica, jardines preciosos y unas vistas maravillosas. Pero ahora, en ella, viven unos okupas: la cuadrilla del Ego.
¿Cómo sucedió esto? Os lo cuento.
Desde muy pequeño he vivido en esa casa, aunque siempre me sentía muy solo en ella. Conocí a un niño de la misma edad que yo, y nos volvimos inseparables. Se llamaba Pensamiento. Nos pasábamos todo el día juntos, jugando y riendo. Yo solo quería estar con él, con ninguno más. Se convirtió en mi mejor y único amigo. Disfrutaba mucho hablando con él, porque era enormemente gracioso y dicharachero. Además, era muy inteligente y yo, en caso de duda, siempre hacía lo que Pensamiento consideraba correcto. Así me quedaba tranquilo, sabiendo que había tomado la mejor decisión.
Al cabo de un tiempo le invité a vivir conmigo: aceptó sin dudarlo. La convivencia era maravillosa, muchas veces no hacía falta ni que habláramos: nos entendíamos con la mirada. Eso sí, de vez en cuando discutíamos, pero al final, invariablemente, acababa dándole la razón: ya he dicho que era muy inteligente.
Pasaron los años y fuimos creciendo juntos en aquella enorme casa. Comencé a trabajar en la ciudad y, cuando tenía algún problema con alguien o debía tomar una decisión importante, le llamaba por teléfono para saber qué podía hacer al respecto. Yo seguía sus certeras indicaciones sin cuestionarlas, ¿para qué?, si era más listo que yo.
Un día me comentó que tenía un amigo al que apreciaba mucho. Me preguntó si podía traerle a vivir con nosotros. La casa era muy grande y a él le haría compañía mientras estaba solo. Se llamaba Dinero y era un buen tipo, me dijo.
Sin pensarlo le contesté que sí. Quería que Pensamiento estuviera feliz, y si él decía que Dinero era bueno, es que era bueno.
Y, efectivamente, con Dinero me lo pasaba muy bien. Había viajado mucho por el mundo y contaba unas anécdotas muy entretenidas que me encantaba escuchar.
Un tiempo después, Pensamiento me anticipó que iba a llevar a otro amigo. Se llamaba Relaciones y estaríamos muy a gusto con él. “De acuerdo”, me dije, “Pensamiento nunca se equivoca”. Este también era majo: no muy hablador y un poco inquieto; pero bien con él.
Fueron pasando los meses y mi gran casa se fue llenando de más amigos suyos: Religión, País, Familia, Estatus… Pensamiento ya no me consultaba si podían o no vivir con nosotros, simplemente aparecía por allí con uno nuevo y se quedaba. La casa parecía ser de Pensamiento, sin embargo, no me importaba: él siempre sabía lo que hacía.
Cada uno de sus amigos era diferente a los demás y, al principio, todo era perfecto; pero luego, su comportamiento empezó a disgustarme: hablaban muy alto entre ellos, discutiendo muchas veces, y se decían palabras muy fuertes. Además, comenzaron a sugerirme las cosas que debía hacer: sacar la basura, poner el lavavajillas, pasar la aspiradora… Ellos parecían los jefes y yo el sirviente. Como me seguía llevando muy bien con Pensamiento, por no buscar conflictos, callaba; pero no me encontraba a gusto en mi hogar.
Según llegaban más amigos de Pensamiento yo me iba sintiendo peor allí. Así pues, un día hablé con él, explicándole los motivos de mi incomodidad. Se rio despreocupado: «Son tonterías. Mis colegas viven encantados aquí, todo marcha sobre ruedas, y es normal tener diferencias en cualquier convivencia. No te preocupes, no veas fantasmas donde no los hay«, me respondió.
Tendrá razón, como siempre”, pensé. Dejé correr el tiempo, esperando se calmara todo, pero mi malestar aumentaba día a día. Se me ocurrió que, para estar todos más cómodos, sería una buena idea llevar a cabo una profunda reforma en la casa: dividir las habitaciones para que sus compañeros tuvieran más intimidad (dormían dos en cada una), poner calefacción de gas (tenía eléctrica y no daba mucho calor), levantar un invernadero a un costado de la piscina (las flores me gustaban cada día más y en invierno los jardines se quedaban muy tristes) y contratar un empleado del hogar. Tenía la certeza de que así me sentiría mucho mejor y me notaba lleno de ilusión, con ganas de empezar una nueva vida en aquella casa.
Cuando le comenté a Pensamiento mis planes se encolerizó, poniéndose hecho una fiera. «¡Ni se te ocurra modificar nada! Mis amigos y yo estamos muy felices así, no hay necesidad de hacer ningún cambio. Si estamos todos bien menos uno, el problema es tuyo, no nuestro«.
Le respondí, chillando, que daba igual de quien fuera el problema. Aquella era mi casa e iba a reformarla completamente: ¡allí mandaba yo, y punto!
Al oír los gritos de la discusión, todos sus amigos salieron del gran salón (estaban viendo una serie de Netflix) y se pusieron de su lado, amenazándome con hacerme daño si cambiaba algo. En ese momento pasé mucho miedo: eran demasiados contra mí y sus torvas miradas mostraban una fuerte determinación. Allí acabó todo: decidí no enfrentarme a ellos.
Actualmente, él y sus amigos viven en mi casa y yo (la consciencia que soy) fuera, perdido en el mundo. Soy un “sin techo”, pero parece que no soy el único: la calle está llena de gente como yo.

Así estamos viviendo: fuera de casa, fuera de nuestro cuerpo. Tenemos nuestra consciencia-atención vagando por el mundo exterior, alimentando esa idea de la separación. Nos notamos separados de los demás, porque todavía no nos hemos unido a nosotros mismos. Cuando dejemos de estar divididos y seamos conscientes del templo que habitamos, entonces seremos conscientes de los demás, percibiendo cómo en todos nosotros vibra la misma energía.
Si ansías volver a casa, para ponerla a tu gusto y vivir feliz en ella, sigue leyendo y descubrirás el camino a seguir.

LA RECONEXIÓN: EL REGRESO A CASA

Venimos a este mundo conectados a la Unidad. Supongo que no te acordarás, pero cuando eras un bebé no “sabías” nada. No te sentías separado, ni distinguías entre “yo” y lo demás. No anticipabas lo que pudiera sucederte ni perdías un instante en recordar qué habías hecho el día anterior: eras un bebé. Vivías momento a momento, con toda tu atención en ese colgante suspendido en la cabecera de tu cunita o en la amorosa sonrisa que te dedicaba tu amatxu. En tu mundo no existía nada que no fueras tú: estabas conectad@ a la Unidad.
Si quieres recordar lo que eras, fíjate en cualquier bebé o niñ@ menor de 2 años y sabrás de qué te estoy hablando.

LA SEPARACIÓN
Según pasan los años, y se incrementan tus facultades mentales, comienzas a pensar y, al verte constreñid@ en un cuerpo individual, te identificas con él: “yo soy este cuerpo y lo demás NO soy yo”. Ya estás separad@.
Con tu desarrollo intelectual los pensamientos absorben tu atención y empiezas a soñar despiert@. En función de las circunstancias de vida que experimentas, te imaginas un posible futuro o revives hechos y situaciones del pasado. También adquieres la costumbre de interpretar las situaciones vividas en función de ese “yo” particular y separado. Según los resultados de estas interpretaciones y de lo que te dicen los demás (en especial tus padres), vas añadiendo atributos a eso que crees ser: “soy impaciente”, “soy tranquil@”, “no tengo fuerza de voluntad”, “tengo mucha confianza en mí”Ya estás viviendo en la ilusión creada por la mente, considerándote la suma de las virtudes y defectos que crees tener. Ya has perdido la conexión con la que “llegaste” a este mundo. Tu “Ser” se reduce a una suma de conceptos y juicios mentales: te has convertido, nos hemos convertido, en una mente con piernas.
A partir de aquí, comenzamos a cargarnos de identificaciones con aquello que creemos forma parte de nosotros, de nuestro “yo”: padres, hermanos, religión, país, pareja, trabajo, hijos…, con sus correspondientes apegos. Cada apego es un “trozo” de nuestra energía desviada a aquello con lo que nos identificamos, uniéndonos energéticamente a ello. La suma de todas estas identificaciones, y sus apegos correspondientes, es lo que forma el ego: ese personaje ficticio que nos creemos ser. De esta manera, nuestra energía principal (estado de ánimo) se divide, convirtiéndose en la suma de todos los apegos que mantenemos. Ya hemos perdido nuestra paz y libertad interiores, al depender de algo externo a nosotros. Todo esto se traduce en una energía de baja vibración (fíjate en el mundo que nos rodea y te darás cuenta de ello), sinónimo de escasa sensibilidad.
Además, este ego nos genera una intranquilidad de fondo, producto del miedo a la muerte (nacido de la identificación con el cuerpo que habitamos), haciendo descender, aún más, nuestro nivel vibratorio. Debido a esta baja vibración, somos incapaces de percibir la apertura existente en nuestro corazón (contempla a este bebe que te mira y verás un corazón abierto a ti) y que nos conecta a la energía que llena este universo físico. Esta apertura es el amor incondicional vibrando en nuestro cuerpo-energía y, debido a nuestro ego, no podemos conectarnos a él, no podemos sentirlo.

LA RECONEXIÓN
La única forma de sentir esa apertura en nuestro interior es liberándonos de las cadenas que nos mantienen atad@s a esas identificaciones ajenas a la realidad que somos. Con cada apego que desterremos de nuestra energía, experimentaremos dolor porque nuestra vibración cambia en el momento de esa ruptura energética; pero al poco vibramos en una frecuencia más alta, al “recuperar” la energía desviada a esa identificación. Es como cuando llueve: durante unos días el agua de los ríos fluye sucia, arrastrando barro y piedras. Al poco, esas aguas las vemos más transparentes y limpias que antes, al haberse barrido el fango del cauce.
Tras alcanzar cierto nivel vibratorio, por habernos librado de más apegos, llega un momento en que advertimos un cambio en nuestra consciencia personal, sintiéndonos unidos a algo que trasciende nuestro cuerpo y, al mismo tiempo, forma parte de él. Antes de llegar a este punto, experimentaremos una gran conmoción interior al darnos cuenta de que todo el mundo va por el camino equivocado menos nosotros (“¿soy el único cuerdo en este mundo de locos?”, pensaremos). Acompañando a este descubrimiento intelectual, gracias a las experiencias que nos regala el Universo, sufrimos un desgarro en nuestro interior, en nuestra energía, al liberarnos del apego más profundo que tenemos. Esta fractura interior lleva asociado un fuerte cambio vibratorio, produciéndose una crisis total. Nos sentimos morir y, efectivamente, es una muerte: la de nuestra identificación con el ego. En estos momentos (pueden durar meses) nos vemos solos y desamparados en este mundo, abandonados por todo y todos. Es como una travesía por el desierto.
¿Qué ha sucedido? Nuestra energía, hasta entonces vibrando en la energía del mundo del ego, se separa de ella, uniéndose a algo, no muy definido todavía; pero diferente a todo lo conocido hasta entonces. Esta separación de la energía egoica, que nos daba la fuerza que creíamos tener, nos deja exhaustos, vacíos: muertos.
En realidad, experimentamos un renacimiento: abandonamos-morimos en el mundo de la ilusión de la separación, el mundo de la mente-ego, para renacer en otro. Este, físicamente, es el mismo que conocemos, pero diferente para nosotros porque, ahora, estamos vibrando en la frecuencia del amor incondicional y todo lo vemos desde una perspectiva totalmente nueva e integradora. Con el tiempo, esta sensación, difusa en un principio, se va afianzando; volviéndose más nítida y clara, sintiéndonos llenar, día a día, de una energía vibrante y poderosa.
Aquí ya somos conscientes de nuestra conexión con la Unidad: YA ESTAMOS RECONECTADOS.

La conexión con la Unidad es unir nuestros circuitos energéticos a la energía del Amor Universal-Incondicional, permitiéndole vibrar en nuestro ser. Para ello, hay que desprenderse de la energía de los apegos que nos impide realizar esa conexión.

TU NUEVA VIDA
A partir de este momento entramos a una nueva vida. Nos sentimos llevados por una inteligencia y un poder inmenso, en el que palpita, constantemente, un ilimitado amor lleno de dulzura. Es como una Madre Divina acogiéndonos en su infinito regazo de amor. Descubrimos cómo todo lo que vivimos en este “dejarse llevar” es para nuestro mayor crecimiento personal. Van aflorando a nuestra consciencia, en forma de situaciones de vida, todas las identificaciones que podamos tener: hijos, padres, seguridad económica, tener razón, la opinión de los demás… y, por último, los pensamientos, que es nuestra mayor identificación. Nos libramos de esas identificaciones-apegos al ir aumentando nuestro nivel de consciencia, convirtiéndonos en seres más sensibles, debido a la elevación vibratoria que experimentamos.
Sufrimos con la liberación de cada apego, pero nos damos cuenta de que ese dolor es sinónimo de crecimiento. Con esta comprensión, vivimos en la gratitud constante a la vida por las maravillosas oportunidades que nos regala para irnos desarrollando de la manera más armónica posible. De esta manera, experimentamos un crecimiento sostenido y equilibrado de nuestra evolución-consciencia personal.
También percibimos cómo nuestro intelecto se agudiza, extrayendo conclusiones claras, sentidas como verdaderas, de las situaciones que vivimos. Discernimos, instantáneamente, lo real y la ilusión mental.
Como resultado del trabajo interior con los chakras (“Activando nadis y chakras”, “Chakras de Luz”), equilibramos y fortalecemos su vibración, consiguiendo mejorar el tono físico de nuestro cuerpo (nos sentimos rejuvenecer), a la vez que desarrollamos las cualidades inherentes a cada vórtice de energía: aumento de la seguridad y fortaleza interior, florecimiento de nuestra creatividad, desarrollo de la fuerza de voluntad, mejora sustancial de la autoestima, incremento notable de nuestro poder de comunicación, de la clarividencia y de la compasión. Así comienzas a alcanzar tu mejor versión personal, expresando todo tu potencial.
Además de lo anterior, el mayor beneficio de esta reconexión es el acabar convirtiéndote en un ser independiente, que no separad@. No te hace falta nadie ni nada, para ser feliz. Sientes que lo tienes todo: nada le falta ni le sobra a tu vida. No anhelas, tampoco, ningún tipo de maestr@-guía exterior, ya que todas las respuestas a tus preguntas afloran en tu consciencia, puesto que esa reconexión, también, es conectarte a la consciencia de Dios que palpita en ti, convirtiéndote en el/la maestr@ que eres.

Y a partir de aquí, si quieres (que querrás), estarás preparad@ para darte al mundo de una manera más intensa, expresando el don o los dones que atesoras. Pero esto es el siguiente paso en tu crecimiento personal. Ahora, vamos a llegar a esta reconexión.
En los tres siguientes artículos descubrirás cómo.
Nos vemos en “Acondicionando la mente”.

Un abrazo, de corazón.

Volviendo al camino.
(Mejor que no vuelvas, ¡sigue adelante!)

El ego: nuestra creencia fundamental

Ya hemos visto qué es una creencia, cómo se forman y sus características fundamentales. Ahora vamos a conocer nuestra creencia fundamental, el ego, pero antes de meternos con él y para entenderlo mejor, vamos a comentar la pregunta del millón: ¿qué somos realmente como seres vivos?

LO QUE SOMOS REALMENTE

Sabemos que somos energía vibrando, a la que llamamos cuerpo, y que esta energía (creadora) la dirigimos con nuestra atención. Pero si nos damos cuenta del cuerpo que poseemos o de los pensamientos que mantenemos, es que hay algo más. Y “eso que se da cuenta” es lo que realmente somos: consciencia infinita siendo consciente del cuerpo que habita. Esta consciencia que faculta “darme cuenta” de este cuerpo, de los pensamientos y de lo que me rodea, es la misma que la tuya y la de todos los seres humanos, lo único que cambia es el cuerpo-habitáculo en el que “vive”. Tú provienes de unos padres y ancestros diferentes a los míos o no, pero nuestra auténtica realidad, lo que es eterno en nosotros, es lo mismo en todas las personas: somos Uno en la Consciencia.

Debido a la evolución de la vida en este planeta llegó un momento en que nació un ser consciente de sí mismo, al que llamamos ser humano, y es el que tiene colonizado este planeta. Es decir, esta consciencia que somos ya la tenemos «instalada» en nuestro cuerpo físico: somos seres conscientes por naturaleza.
Este ser humano consciente tiene una facultad única: la de pensar. Con ella viene unida la capacidad de imaginar y aquí es donde esta consciencia comienza a confundirse, creyéndose ser aquello que imagina, aquello que piensa, «olvidándose” de que es consciencia. Esto se llama identificación (creer ser algo que no es) y es el comienzo del dolor, pero eso lo comentamos luego.
La primera identificación es con nuestro cuerpo, nos creemos ser él y, al vernos físicamente separados, nos consideramos seres individuales, independientes de los demás: “Este cuerpo soy yo y ese cuerpo eres tú, luego somos dos”. Ya estamos separados.
Luego, según vamos creciendo, y con el desarrollo del cerebro, esta consciencia fortalece su identificación con la mente y los pensamientos, creyendo ser la voz pensante de la cabeza: “Pienso, luego existo”, dijo Descartes, en su Discurso del método de 1637.

A partir de aquí esa consciencia se pierde en el mundo de la forma, en el mundo de lo que parece evidente, pero que no es real por tener fecha de caducidad. Solo lo eterno, lo inalterable, lo que no tiene principio ni fin es lo verdadero: la Consciencia Universal. Todo lo demás aquí lo dejamos cuando abandonamos este cuerpo, pero ya me estoy desparramando. Sigamos con el ego.

 

EL EGO

Debido a la identificación con nuestro cuerpo y nuestra mente, ya desde la niñez comenzamos a forjarnos una idea de lo que somos en función de los pensamientos que mantenemos en respuesta a las experiencias que vivimos. Además, se van añadiendo los comentarios, ideas e interpretaciones-creencias de las personas que nos guían en la infancia (generalmente nuestros padres), plantándose la semilla del ego en nuestro interior, creyéndonos ser aquello que nos dicen que somos. Si te han repetido de pequeñ@: “Eres tont@”, tendrás un concepto de ti muy diferente a alguien que a la mínima oportunidad le decían: “¡Pero qué inteligente eres!”.

El ego es un concepto mental, una idea: una creencia que tenemos acerca de lo que somos. Es hijo de la mente y sin pensamientos no hay ego. Solo son pensamientos, pero nosotros le damos la fuerza de la realidad al creernos ser lo que pensamos acerca de nosotros.
Todas las etiquetas que te pongas para definirte: “Soy una persona activa, cumplidora, un poco impaciente, con un gran fondo humano”, por ejemplo, es ego. Tú eres una vibración, no una definición.

Aparte de lo anterior, el ego son también todas las ensoñaciones no conscientes, esos pensamientos imperceptibles, pero que nos provocan una emoción que sí sentimos. Esta emoción que experimentamos nos hace reaccionar ante los acontecimientos que vivimos y esta reacción también es ego. Es lo que nos hace decir: “Soy así, no puedo evitarlo», cuando respondemos automáticamente a un acontecimiento de nuestra vida.
Esa voz de la cabeza que nos dice qué tenemos que hacer, cómo nos tenemos que comportar, qué tenemos que pensar… Esa voz que te ordena, chilla, se enfada, llora… ese parloteo mental es el ego viviendo en ti.
Inquietud, impaciencia, angustia, miedo dolor, ira… es ego. En este caso, es la reacción de tu cuerpo a los pensamientos que le envía esa ilusión que crees ser “tú”. Así pues, esa es la energía del ego vibrando en la tuya.

CARACTERÍSTICAS FUNDAMENTALES

IDENTIFICACIÓN: la raíz de la separación

Identificación es dar sentido del “yo” a algo exterior a la consciencia que somos. Empezamos con “nuestro” cuerpo, luego “mis” pensamientos y posteriormente, según crecemos, van aumentando en número nuestras identificaciones: padres, herman@s, amig@s, pareja, hij@s, etc., todo aquello que nos cree sentimiento de pertenencia, como si fuera nuestro, como si fuera “yo”. Nos identificamos con un país, un partido político, un club de fútbol, un trabajo, un estatus social, una postura mental (defendemos nuestra “verdad” como si nos fuera la vida en ello), etc.

También nos identificamos con los «papeles» que representamos en esta vida. Si tienes hij@s seguro que representas el papel de padre/madre y esperas de ellos que actúen según su «papel»: «te deben» respeto por ser tus hij@s. Si no lo hacen te encolerizarás, ya que para tu ego no se están comportando de acuerdo con el rol que les ha adjudicado. Hay infinidad de «papeles» que representamos: el de pareja, jefe/a, trabajador/a, herman@, amig@… A cada papel le asignamos obligaciones y derechos, unos códigos de conducta, y si algo o alguien se los salta nuestro ego reacciona con lucha para restablecer el «orden» perdido.

Todo aquello con lo que nos identificamos nos da un valor como persona, de manera que si cambia o desaparece algo de ello experimentamos un fuerte dolor. Es como si el hecho de ser abandonados por nuestra pareja, aparte del dolor de la separación, nos quitara valía personal, haciéndonos sentir ser menos el que rebatan una idea mía me haga considerarme disminuido como ser inteligente. De esta manera, al identificarnos con algo que suponemos como “mío-yo”, surge el apego a ello. El apego, en este caso, es sinónimo de dependencia: dependemos de aquello con lo que nos identificamos.

De esta manera perdemos nuestra libertad personal. Ya no somos solo esa consciencia que habita en nosotros, sino la suma de lo que creemos ser: padres, hijos, pareja, el club de fútbol del que soy hincha, el estatus económico y social que mantengo, el partido político con el que simpatizo o el país en el que vivo… Y nos pasamos la vida intentando mantenerlo todo en equilibrio, que nada cambie a peor o desaparezca porque entonces experimentaremos un dolor directamente proporcional al grado de identificación con ello. Hay hinchas de fútbol que cuando pierde el equipo de sus amores están varios días cabizbajos y tristes. A otros les dura la frustración el tiempo que tardan en tomarse un café. Son diferentes grados de identificación y, por lo tanto, diferente intensidad de dolor por la pérdida-cambio, pero en ambos casos la identificación es sinónimo de dolor.

A nivel energético, el apego es la energía que damos a lo que consideramos como «yo»: nos unimos energéticamente a aquello con lo que nos identificamos. Identificación y apego son las dos caras de la misma moneda y siempre es un desvío de nuestra energía, de la energía que somos. Es una “pérdida” energética que sufrimos por mantener viva una idea mental, una creación de la mente.

Esta identificación (esta separación entre «yo» y lo demás) es la que nos hace vivir en un mundo de países, culturas y religiones diferentes, a menudo enfrentadas, ya que el ego necesita conflicto para reafirmarse, para sentirse vivo. Al ego la paz le resulta indigesta y pesada, con poco atractivo. Siempre busca retos, desafíos, metas… tiene que estar constantemente haciendo algo para no sentir el miedo que le atenaza.

Esta inquietud que nos acompaña siempre, este desasosiego constante, en realidad es el miedo a la muerte del ego. Como está identificado con el cuerpo que tiene y sabe que tarde o temprano va a morir, para evitarlo se inventa cuentos maravillosos, haciéndonos creer en reencarnaciones y en la evolución del alma, de vida en vida, buscando la perfección divina. Pero no son más que ilusiones del ego resistiéndose a morir, intentando ser inmortal, cuando, en realidad, al fallecer termina la ilusión que creemos vivir, uniéndose la consciencia que somos a la consciencia universal. Así que, disfrutemos de este tiempo en el que podemos gozar de este maravilloso cuerpo que nos sustenta y que permite llenarnos de la fragancia de una flor o de la risa alegre y juguetona de un/a niñ@. Pero bueno, sigamos con nuestro amigo el ego, que me estoy yendo otra vez.

JUZGAR-COMPARAR

Para marcar los límites de su «individualidad», el ego está constantemente juzgando y comparándonos con los demás. Se fija, normalmente, en las diferencias que nos separan, haciéndonos sentir bien-mal según los resultados de dicha comparación. Además, etiqueta a las personas en función de ese resultado, siendo nosotros el punto de referencia: “Marian es muy inteligente” (porque ha demostrado una “chispa” que no tenemos), “Ander es un engreído” (no es “tan” humilde como nosotros).

También nos juzga en función de un ideal de persona que crea para desenvolverse en este mundo. Cuando no hacemos las cosas en función de ese modelo nos regaña más o menos intensamente según lo fuerte que sea nuestra identificación con él. Es como si tuviéramos un juez y verdugo interior que nos castiga de manera inmisericorde cuando cometemos un error, sin poder escapar de él.

Por último, el ego siempre está clasificando las situaciones de vida en buenas o malas. Si algo ocurre que le acerca a lo que desea, se alegra; cuando, por el contrario, lo que sucede no le gusta se enfada con la vida, con los demás o contigo si te considera responsable de algo. El caso es que está siempre interactuando con el mundo exterior y su alegría o tristeza depende de la valoración-interpretación que haga de esa experiencia vital.

RESISTENCIA

Es la no aceptación de lo que está viviendo, negando lo que ocurre: “Yo no debería estar pasando por esto. Es muy duro, es injusto”. Aquí nace la negatividad que lanzamos al mundo.

El ego echa la culpa a los demás (sea la vida en general, las personas o situaciones que vive), por no ser como a él le gustaría que fueran. Y son los demás (la vida también) los que deben cambiar, cosa que espera lograr enfadándose, consiguiendo justo lo contrario, ya que esa energía negativa del enfado revitaliza la situación que detesta.

Esta resistencia frente a lo que sucede, es lo que lleva al ego a reaccionar en contraposición al actuar.
Actuar frente a un hecho o circunstancia de la vida significa que la respuesta que damos a esa situación viene dada desde la independencia emocional, desde la inteligencia pura: “Me acabo de enterar de que cierran la empresa. Nos echan a todos, ¡qué pena! No hay tiempo que perder, voy a empezar a mandar curriculums”.

Reaccionar es dejarnos llevar por una respuesta emocional a lo que vivimos en un momento dado. Esa emoción, que nos hace responder así, es el apego del ego a esa realidad que ahora se encuentra amenazada por esa situación de vida: “Hoy me han dicho que cierran mi fábrica. Nos echan a todos. ¡Ya decía yo que eran unos inútiles los jefes: no saben llevar una empresa! ¡Hoy me emborracho!”. Es decir, sin ego no hay reacción.

Al reaccionar frente a algo exterior (quejarse es una forma de hacerlo, inclusive del tiempo que hace hoy) o interior (reaccionamos también a los pensamientos que tenemos: hay pensamientos que nos “duelen”), el ego siente que se reafirma, adquiriendo más “vida”. Esta reacción constante, generalmente negativa, es la creadora de nuestro estado de ánimo, que es la energía que emanamos al universo y, por lo tanto, es la energía que nos devuelve. Al recibir situaciones “negativas”, reaccionamos con más negatividad, perpetuando aquello que no queremos vivir. La única forma de romper este círculo vicioso, en el que vive la inmensa mayoría de la gente, es por medio del perdón. Aquí te dejo un enlace que te permitirá liberarte de las cadenas que te atan al pasado: ejercicio del perdón.

EL EGO Y EL CRECIMIENTO PERSONAL

El ego es nuestra mayor identificación, alrededor de la cual hemos organizado nuestra vida. Desechar esa idea, es volver a comenzar otra vez, es un renacimiento, y esto nos genera mucha incertidumbre, mucha inseguridad, ya que abandonamos el mundo conocido, el de la forma, el exterior, para adentrarnos en nuestro mundo interior que, para la mayoría de la gente, es un lugar totalmente desconocido. De esta manera comenzamos a descubrir aquello que siempre hemos sido, pero que esa ilusión mental nos impedía ver.

El cambio personal, fundamentalmente, es liberarse de las identificaciones con lo que no somos. Esta liberación conlleva dolor, porque ese sufrimiento es la ruptura de la conexión energética (apego) que habíamos creado con lo identificado. Nos sentimos como si nos arrancaran la piel, rotos por dentro (imagínate como te deja una ruptura sentimental), ya que nos desprendemos de algo que consideramos forma parte de nuestro ser. Como el ego no quiere sufrir, no quiere ser “menos”, va a luchar con todos sus medios para que nada cambie y no sentirse más “pequeño”. Por este motivo se convierte en el principal enemigo del crecimiento personal.

Por otra parte, si no hay dolor no hay cambio. Dejará de dolerte, dejarás de sufrir, cuando ya no estés identificad@ con nada ni nadie, cuando te des cuenta de que eres sólo Consciencia. Mientras llega ese momento, la mente-ego te va a poner todas las zancadillas que pueda para que no la abandones retirando tu atención inconsciente de ella. Te hará sentir mal, diciéndote que te equivocas, que ese no es el buen camino, que te dejes llevar por ella, que no es bueno sufrir, que no te encuentras bien… bla, bla, bla.

Cuanto peor lo pasas mayor crecimiento experimentas, ya que más energía había “desviada” a ese apego que ahora abandonas. Esa aflicción que sientes es tu verdadero ser agrandándose, mejor dicho, es tu consciencia expandiéndose por el «hueco» que ha dejado la energía del apego. Así que, cuando sufres es porque estás creciendo como ser consciente.
La forma más rápida de crecer, de evolucionar, es amar ese sufrimiento que padeces. Esto es difícil de hacer al principio, pero cuando lo hagas notarás como lo atraviesas, separándote de él. Sientes tu dolor, pero ya «no eres» ese dolor: ya no estás identificado con él. Además, esta energía, que antes estaba “perdida” en el apego a aquello que considerabas eras tú, vuelve a ti. De esta manera te vas convirtiendo en un ser más poderoso, con más energía vital, más profundo.

No cedas a la desesperación que vas a vivir. No creas que te estás volviendo loc@ por sentirte sol@ (te llegará esta sensación, no lo dudes) en este mundo enfermo. Ese sentirte sol@ es una buena señal, porque es el único modo de hallar lo que realmente buscamos todos los buscadores: encontrarnos a nosotros mismos.
Este camino de descubrimiento personal siempre es un camino solitario, nadie lo puede recorrer por ti. Pero cuando descubres lo que realmente eres ya nunca más te sentirás sol@ porque vivirás conectad@ a algo tan amoroso, intenso y acogedor que las palabras no le hacen ninguna justicia. Además, aunque parezca una paradoja, te darás cuenta de que nunca has caminado sol@, que siempre has sido llevad@.

Pero eso lo vas a vivir tú, porque ya eres (todos lo somos) aquello que vas a ser. Lo que sucede es que todavía no eres consciente de ello.

NOTAS PRÁCTICAS PARA UN CAMBIO PERSONAL:

  • Ama tu ego, porque siempre estará contigo. Es la energía que nos rodea por todos los lados, es la energía que mueve este mundo. No luches contra él, no intentes eliminarlo, porque entonces lo estás vivificando con tu atención. Lo único que puedes hacer es darte cuenta de que estas siendo vivido por el ego, no por el amor. Para ello estate muy atent@ a tu estado interior. Esta es la clave: ¿cómo te sientes?, ¿qué pensamientos te llegan?, ¿son pensamientos que te transmiten paz o te generan lucha, desasosiego? Si te sientes bien, perfecto, estás en el amor. Si te notas embarullada, indeciso, rencorosa, impaciente, lastimero… estás con el ego-mente.
    El darse cuenta es el primer paso para poder amarlo. Una vez que lo amas, como podrías amar las travesuras de un niño pequeño, empiezas a desidentificarte de él, separándote de la ilusión que guiaba tu vida. Y, en este momento, comienzas a crecer.
    Si normalmente tienes mucho “ruido” mental y te resulta difícil dejar de “pensar”, empieza con este ejercicio de concentración maravilloso que, además, limpia y equilibra tus chakras de vibraciones inarmónicas: activando nadis y chakras.
  • Ama el ego de los demás. El ego tiende a reaccionar con el de los demás y, a no ser que tengas un gran autocontrol, acabarás enredado en su energía. Cuando interactúes con alguien estate atent@ a cualquier aparición de malestar en tu interior: ira, culpa, abatimiento, debilidad… Esas son las emociones creada por tu ego al reaccionar a la energía que envía tu interlocutor/a. Cuando te notes que empiezas a alterarte, centra tu atención en la respiraciónTe equilibrará instantáneamente, pero hazlo cuanto antes para no dejarte llevar por la fuerza de la emoción egoica.
  • Todo aquello que no sea paz es ego viviendo su sueño a través tuyo. El ego, como hijo de la mente que es, siempre está soñando, imaginando y recreándose en acontecimientos pasados o situaciones futuras: «Cuando llegue al trabajo seguro tengo bronca con el tonto ese de Ander”, «¡Qué bien me lo pasé ayer cenando con Marian!». La mente es lo que tiene: solo puede vivir en el pasado o en el futuro. El momento presente se le atraganta porque no puede controlarlo, es lo que es y no lo puede cambiar, por eso huye de él. Así que, si no sientes la paz en este momento es porque estás viviendo el sueño (de lucha) del ego-mente.
    Cuando te descubras cabalgando por los caminos de la ilusión, si te atropellan los pensamientos, DETENTE… inspira… espira… Se consciente de tu cuerpo, siente tu vibración, tu energía, y permanece ahí todo el tiempo que puedas. Una y otra vez.
  • ¿Prefieres tener paz o tener razón? Tú elijes, momento a momento, la vida que quieres llevar. Al ego le encanta tener razón, al amor tener paz. Puedes tener razón y saber que la tienes, pero no luchas por convencer, sólo expones tu verdad, compartiéndola. Lo que hagan los demás, aceptarla o no, es secundario, no es tu problema. Intenta vivir con total desapego a cualquier postura mental.
  • «Yo no tengo problemas, es mi ego quien los tiene». Recuerda esto en aquellos momentos que te notes «llevado» por el dolor, la ira, el reproche, la debilidad… Así te vas separando de él, desidentificándote, por medio del «darte cuenta» (sinónimo de crecimiento de la consciencia) de que tú no eres ese ego chillón y lloroso que a veces te posee.

Nada más por hoy. Te mando un fuerte abrazo, de corazón y el deseo de que tu vida se llene de la paz, el amor y la alegría que eres.
Nos vemos en «Creencias: el cambio».

Volviendo al camino.

El perdón: el transformador de la energía negativa

Ahora conoceremos un ejercicio que nos cambiará la vida de una manera muy poderosa, pero antes descubramos:

EL ORIGEN DE LA VIDA QUE LLEVAMOS

Sabemos que la energía atrae energía semejante y que nuestro cuerpo es energía vibrando. Esta energía que somos vibra en una frecuencia determinada, interactuando con la que nos rodea: emitimos y recibimos energía constantemente. Cada uno de nosotros llevamos incorporado un código de barras energético, de manera que el Universo es siempre consciente de la vibración que le enviamos. Luego nos devolverá una energía similar en forma de situaciones de vida: para él es un “pedido” a servir y siempre cumple con su trabajo. Por lo tanto, así como sea la “calidad” de la energía que enviemos, así será la “calidad” de las situaciones de vida que recibiremos.

¿Cómo se produce esta comunicación con el Universo?, ¿cómo sabemos cuál es la “calidad” de la energía que emanamos al mundo?

Nos comunicamos con él por medio de NUESTRO ESTADO DE ÁNIMO: esta es nuestra vibración fundamental, y según cómo nos sintamos de “bien” o “mal” así será nuestro nivel vibratorio, así será la “calidad” de nuestra energía. Cuanto mejor nos sintamos más elevada será la vibración que emitimos y mejores serán las circunstancias que viviremos.

¿Cómo se crea nuestro estado de ánimo?

El estado de ánimo es una emoción sostenida en nuestro interior. Toda emoción es el reflejo en el cuerpo de los pensamientos que están en nuestro campo de consciencia. Así pues, nuestro estado de ánimo depende de los pensamientos que mantenemos.

Los pensamientos que normalmente aparecen en nuestra pantalla mental son atraídos por el ego, esa idea que tenemos acerca de lo que somos.  Este ego se pasa el día reaccionando a lo que vivimos o imaginamos. Si le gusta lo que vive (porque es lo que él desea) se alegra y nos sentimos bien. Por el contrario, si no le gusta, se enfada o entristece y nos sentimos mal. Además, está siempre fantaseando sobre cosas que pueden suceder en el futuro o recordando acontecimientos del pasado, alegrándose o disgustándose por ello. Este «sentirse bien» o «mal» se convierte en nuestra vibración fundamental, en nuestro estado de ánimo.

Esta es la clave de la vida que llevamos: el cómo respondemos interiormente a los acontecimientos que vivimos y a las ensoñaciones que imaginamos. Este constante interpretar-imaginar-reaccionar mentalmente es la energía que mandamos al mundo por medio de la emoción. Como normalmente reaccionamos con enfado o desagrado (nos quejamos de lo mal que está todo, de lo mucho que trabajo y lo poco que gano, de la mala salud que tengo… ¡hasta del tiempo que hace!) o abatimiento (“No puedo con mi vida”, “No tengo trabajo y nunca lo voy a tener”, “No valgo para esto”…), nuestras circunstancias de vida reflejarán esa energía de dolor, trayéndonos situaciones de escasez, sufrimiento o pérdida. Al seguir reaccionando con ira o desaliento se incrementa nuestra energía negativa y el Universo nos devolverá más dolor e infelicidad. Vamos, la pescadilla que se muerde la cola.

Así que, por tu bien, abandona el sufrimiento. Deja de contaminar este mundo con tu dolor y comienza a perdonarte, porque solo nos podemos perdonar a nosotros mismos. Cada persona sigue su plan divino personal y no podemos juzgar su camino, sería nuestro ego adoptando el papel de juez. Por lo tanto, nada hay que perdonar en los demás.

El hecho de perdonarte significa que te has dado cuenta de que habías pensado-actuado=creado desde la inconsciencia, al creerte separado de la Unidad. Esto es imposible, ya que siempre estamos «conectados» a ella, pero no lo sabías cuando interpretabas-reaccionabas a lo que la vida te ofrecía. Por ello, ahora te perdonas, por tu inconsciencia del pasado, POR HABERTE CREÍDO SER MUCHO MENOS DE LO QUE REALMENTE ERES.


BENEFICIOS DEL PERDÓN

1.- Al perdonar cambiamos la vibración de nuestra energía, ya que renunciamos al falso dolor provocado por la ilusión de creernos ser algo que no somos. No confundir el dolor originado por la muerte de un ser querido, que es genuino y necesario, de duelo, con el sufrimiento, que es dolor producido por la identificación con nuestro ego, al juzgar esa situación o persona como inaceptable. El perdón actúa sobre la emoción, al disolver todo sentimiento de frustración engendrado por no llegar la situación actual, la persona o la experiencia vivida, a cumplir las rígidas expectativas de cómo deben ser las cosas impuestas por nuestro ego.

2.- Al perdonar tomas el control de tu vida al responsabilizarte de tu creación. Este ejercicio instala-reafirma la creencia de que “ puedes”, de que eres el/la únic@ responsable de tu vida y de tus circunstancias, al actuar como el ser creador que eres. Así, ya estás creciendo.

3.- El perdón es la energía que disuelve nuestras ataduras con situaciones y personas del pasado. Cuando algo acontecido hace tiempo, sea lo que sea, nos duele todavía al recordarlo significa que estamos enganchados energéticamente a ello. Este enganche es el que nos impide crecer y evolucionar plenamente por no disponer de toda nuestra energía, al tener parte de ella “soldada” a las diferentes situaciones o personas que nos provocan dolor (ira, miedo, tristeza…). Al liberar esta energía retenida nuestro crecimiento se acelera.

Y el más importante de todos:

4.- El perdón cambia la energía con la que creas tu futuro, al disolver la negatividad que envías a tu situación de vida actual por medio de la no aceptación de lo que es: “¡Vaya vida de mierda que tengo!”, “¡Qué mal me cae el tío este!”, “¡No dispongo de dinero y nunca voy a tener lo que necesito!”… Esto hará que cambie radicalmente dicha situación, ya que dejarás de alimentarla con tu negatividad. De esta manera, elevas la vibración que envías al Universo y el futuro que recibirás te hará sonreír en vez de sufrir

AQUÍ EMPIEZA TU CAMBIO

Cuando comiences a hacer este ejercicio notarás muchas resistencias a ello en forma de dudas acerca de su efectividad. Es tu ego intentado convencerte de la inutilidad de realizarlo: «Esto es una tontería, no va a funcionar», “¿Perdonar lo que te duele?: ¡tú estás zumbad@!”... El mayor impedimento que vas a tener en cualquier intento de cambio personal es TU EGO. Él es el enemigo número uno del cambio, ya que lo desconocido le aterra por no poder controlarlo (la mente-ego se basa siempre en lo vivido, en lo sabido) y, por lo tanto, tendrás que decidir a quién sigues: si a tu mente racional, que nada quiere cambiar para poder seguir viviendo en su mundo conocido, o a ese anhelo que palpita en tu interior y que no sabes dónde te llevará.

Ese anhelo que llevas un tiempo notando es el deseo de estar en casa, de sentir lo que realmente eres, y el viaje que ahora inicias te conducirá hasta ella. Has permanecido fuera mucho tiempo (poco más o menos el que llevas viviendo) y ya es tiempo de regresar. Tu ego querrá que des marcha atrás, que no sigas adelante. Intentará embaucarte con argumentos inapelables («Deja esto, ¿no ves que te sientes mal? y tú buscas sentirte bien. Hazme caso, déjalo», «No puedes hacerlo, es muy complicado»…), y si con ellos no puede convencerte recurrirá a miedos irracionales («Te volverás loca como sigas así», «Todo el mundo se va a reír de ti”, ”Eres un raro”…) y hará cualquier cosa que se le ocurra para disuadirte de seguir adelante. Puedes hasta enfermar o quedarte sin ganas de vivir (yo, en julio del 2016, según ponía los pies en el suelo de la habitación al levantarme de la cama, me llegaban tres palabras a la mente sin hacer ningún esfuerzo en ello: «me quiero morir») y esto es una buena señal, porque cuanto más sufres más ego te abandona al elevarse tu vibración. Ese dolor que experimentas son los apegos, a lo que tú creías que eras, «despegándose» de la energía que eres.

Deberás tener mucho valor para continuar en ciertos momentos, pero no importa lo lent@ que vayas con tal de no detenerte. Llegará un día en que no sentirás ningún malestar, ningún dolor, y no podrás dejar de sonreír, de cantar, de vibrar con la alegría de vivir. Y cuando mires atrás, verás que lo que eres en ese momento no tiene nada que ver con lo que crees que eres ahora.

Solo se produce el crecimiento personal cuando trascendemos los límites de lo que nos creemos ser; si no los sobrepasamos nunca descubriremos qué se encuentra tras ellos. Cuando decides rebasar tus fronteras interiores (creadas por el ego) automáticamente el Universo te acoge en sus brazos llenos de amor, poder e inteligencia, para que te relajes en ellos. Luego sólo tienes que dejarte llevar.

A partir de ahora, en todo momento y circunstancia: PERDONA, PERDONA, PERDONA.

EJERCICIO DE TRANSFORMACIÓN DE LA ENERGÍA NEGATIVA

Este ejercicio es muy potente y te coloca en el camino a tu nueva vida. Como en todo trabajo personal, las claves son la constancia y tener la atención enfocada (estar alerta) a lo que pasa en tu interior; pero con estos dos mandatos activados permanentemente en tu intención solo te espera un resultado: ELEVARTE, vibrar en otra frecuencia, ya que este ejercicio es un gran transformador de la energía de baja vibración.
Lo encontré hace unos años en el libro La energía de los 12 chakras solares, de Brigitte Müller, y me lo sigo trabajando actualmente porque es una maravilla para disolver cualquier atisbo de ego-dolor. Aquí transcribo una adaptación, con ciertas explicaciones basadas en mi experiencia personal que considero lo enriquecen (este es mi ego opinando). Además, lo puedes aplicar tanto a situaciones que vivas actualmente o del pasado, como a pensamientos compulsivos que puedas tener y te generen sufrimiento.

No importa la manera por la cual la energía vuelve a ti. Puede que en la actualidad tengas un problema con una persona en concreto o en el trabajo. Puede que tus quebraderos de cabeza vengan por el tema de la salud o, tal vez, te desesperen problemas económicos. Ahora estás recibiendo, por medio de la situación que vives, la misma vibración de energía que enviaste en el pasado. Si reaccionas con ira o abatimiento a lo que estás viviendo, con el tiempo esta vibración que emanas hará que el Universo te devuelva situaciones similares, una y otra vez.

Sólo puedes cambiar esta rueda de una forma: transformando la reacción, transformando la energía ante esa situación y, para transformarla, aplica estos cuatro pasos:

1º.- ACEPTA.

Acepta la energía que ahora vuelve a ti, porque en algún momento del pasado tú mismo la has enviado al Universo. Tú eres el creador de lo que estás viviendo y si rechazas tu creación estás negando tu poder, llenándote de energía inarmónica que en algún momento regresará a ti. Piensa que la persona o situación que vives son únicamente meros instrumentos para volver a atraer tu energía. Libera la energía por amor y así la transformarás en su vibración original.

2.- AGRADECE.

Agradece al Universo la oportunidad que te está brindando para cambiar la vibración de la energía que recibes y convertirla en otra oscilación armónica y elevada. Al agradecer lo que recibes ya estás creando un nuevo futuro para ti.

3.- PERDONA.

Perdónate a ti mismo por no haber sido consciente de la energía que emitiste en el pasado. Esta energía sólo se puede transformar por medio del perdón, cuya vibración es de color violeta. Repítete: «Pido perdón por cualquier energía vital que haya usado mal en algún momento de mi vida, sabiéndolo o de manera inconsciente, y me perdono a mí mismo por ello«. Visualiza la situación, o persona que te genera intranquilidad, con un intenso color violeta que notas brotar de tu corazón mientras te perdonas por no haber recordado el inmenso poder que palpita en tu ser. Siente la paz que te llena al perdonarte.
Cuando ya tengas cierta práctica con este ejercicio, podrás hacerlo inmediatamente en el momento que te sientas mal por el motivo que sea. Pones toda tu atención en tu estado de ánimo, tu malestar interno, y visualizas esa situación o persona llenas de luz violeta, sin elucubrar o pensar sobre ello, solo llenándolas de esa luz regeneradora.

4.- AMA.

Envía amor conscientemente a esa situación o persona, porque tú eres amor incondicional. Visualízalas envueltas en una intensa luz rosa que brota de tu corazón, sintiendo como la energía negativa se va transformando en la alegría de amar. Cuando amas lo que te duele siempre descubres razones para perdonarte.

Repite todas las veces que haga falta este ejercicio hasta que esa situación o persona sólo te genere amor cuando llegue a tu mente.

Esto también puedes hacerlo diariamente enviando amor a tu lugar de trabajo, llenando las personas, mesas, sillas, máquinas, etc., con una luz rosa; ¡verás cómo cambia la vibración de tu entorno laboral!

Si notas resistencia al hacer cualquiera de estos pasos sé consciente de que esa resistencia es tu ego intentando separarte de lo que eres, intentando sabotear tu anhelo de cambio.

Si repites estos cuatro pasos con las situaciones, personas y pensamientos que te desequilibran, con el tiempo toda la energía negativa que vibraba en ti será transformada en energía elevada, en energía de amor, y tu vida reflejará de una manera fiel esa nueva y maravillosa vibración de tu ser.

¿No te lo crees?, haz la prueba y me cuentas.

Seguimos en: «Estructura energética de nuestro cuerpo. Los chakras».

Un abrazo, de corazón.

Volviendo al camino.

Nuestro cuerpo: ¿qué somos realmente?

Esta es la pregunta más importante que puedes hacerte, porque en función de la respuesta que des así irá tu vida. Espero que cuando acabes de leer esto te veas de diferente manera a cómo te percibes ahora, ya que entonces habremos dado un gran paso adelante.

Tu cuerpo, ese compañero que va contigo a todas partes, si lo observaras a través de un potente microscopio de efecto túnel, verías algo parecido a una nube formada por un montón de átomos. Un átomo es la parte más pequeña de un elemento que conserva sus propiedades; si lo dividiéramos, lo que resultaría ya no tendría nada que ver con el elemento del que proviene, sería otra cosa diferente.

 

 

Un átomo consta de un núcleo (formado por neutrones, sin carga, y protones, con carga positiva) y unas partículas girando a su alrededor a velocidades muy elevadas, llamadas electrones, con carga negativa. Esta diferencia de carga hace que los electrones orbiten alrededor del núcleo, ya que son atraídos por la carga positiva de los protones, eso sí, a una distancia enorme comparada con su tamaño. Si el núcleo tuviera el tamaño de una naranja y se encontrara en Bilbao (no lo puedo evitar, soy de aquí), los electrones pasarían girando por Estados Unidos, es decir, realmente somos espacio vacío; pero como esos electrones y átomos se mueven tan rápido, damos la sensación de ser un cuerpo sólido. Imagínate un ventilador, si está apagado puedes meter la mano entre sus huecos sin ningún problema, pero si lo enchufas ya no puedes hacerlo (bueno, sí podrías, pero no te reirás mucho) porque no hay «huecos» debido a la velocidad de las aspas. Lo mismo pasa con nuestro cuerpo, que da la apariencia de ser sólido y compacto, pero lo que estamos viendo y creyéndonos ser es, en realidad, un efecto óptico creado por las limitaciones de nuestros sentidos.

Por otra parte, este constante movimiento de los electrones produce una energía alrededor de la cual se crea un campo electromagnético, que son ondas en movimiento, por medio de las cuales se transporta la energía generada. Una onda tiene una longitud y una frecuencia de vibración. La longitud de onda es la distancia existente entre dos crestas o valles consecutivos y la frecuencia de la onda es la cantidad de oscilaciones completas que se producen en un determinado tiempo. A mayor longitud de onda menor frecuencia y viceversa. Cuanto mayor es la frecuencia de vibración mayor es la energía transportada por la onda y más elevada es la vibración.

Por lo tanto, todo aquello que tiene una expresión física en este universo, al estar constituido por átomos, es energía vibrando; todo sin excepción. El universo es vibración, lo único que varía es la frecuencia de esta, lo «rápido» o «lento» que vayan los electrones. Lo que aparenta ser más sólido vibra a una frecuencia más baja y lo más sutil a una más alta, más rápida. Si calentamos un cubo de hielo se transforma en agua líquida y si la seguimos calentando se vuelve vapor. Es agua en los tres casos, el mismo elemento, pero su apariencia, su estado físico, es diferente porque ha cambiado su frecuencia vibratoria debido a la energía recibida del calor.

Fíjate bien: eres espacio vacío, no ese cuerpo denso y compacto que crees ser y, además, nunca te encuentras en reposo total porque continuamente estás vibrando. Todo lo que aparenta ser tu cuerpo está en permanente movimiento, en un constante cambio (tú no eres la misma persona que se ha levantado esta mañana de la cama), al igual que todo lo demás y, sin embargo, no somos conscientes de ello, no lo percibimos así, por las características de nuestros sentidos físicos que nos hacen creer algo que no somos. Nos creemos ser las sensaciones que experimentamos sin ser conscientes de nuestra auténtica realidad: somos vacío, somos energía vibrando.

Además, este cuerpo que habitamos realiza una serie de procesos metabólicos para transformar la energía de los alimentos y, gracias a este proceso, emitimos luz. No la vemos porque la intensidad es muy débil y es imperceptible para nuestros ojos; pero se han realizado experimentos que así lo certifican. No hay acuerdo entre los científicos en los motivos de esta emisión, pero sí en el hecho de que la irradiamos, es decir, somos seres de luz. ¡Qué bonito, ¿verdad?!

Pero quedan más cosas todavía, y, encima, lo mejor.

Según ha demostrado la física cuántica, los electrones pueden actuar como partículas con una mínima masa o como ondas, sin masa. Esto lo descubrió el físico francés Louis-Víctor de Broglie, galardonado con el premio Nobel de física en 1929, al demostrar que todo electrón lleva asociada una onda. Formuló una ecuación (λ= h/p) que relaciona ambas magnitudes, y enunció esta hipótesis, que tres años más tarde se probó: «Toda la materia presenta características tanto ondulatorias como corpusculares comportándose de uno u otro modo dependiendo del experimento específico». 

 

 

Posteriormente, la ciencia demostró el efecto observador, que origina el que los electrones se comporten como partículas cuando son «observados», por ejemplo, cuando se quieren cuantificar sus características en un momento dado, pero el resto del tiempo, cuando no se les observa, existen como una onda de probabilidades. De hecho, no se puede determinar su posición cuando orbitan, solo se puede establecer una zona, alrededor del átomo, en la que es «probable» se encuentren. Así que, el observador crea una partícula por el simple hecho de observar, porque en el momento de hacerlo se produce la materialización de esa energía, de esa probabilidad, en una partícula concreta. Este vídeo explica muy bien el doble comportamiento de los electrones y el efecto observador.

Con las ondas de luz la cosa todavía se vuelve más interesante. La luz es una onda, cuyas partículas, los fotones, pueden actuar como el observador espera que actúen, es decir, si la observación-medición es para estudiar su comportamiento de partícula, se comportarán como partículas, pero si se les estudia como onda, se comportarán como una onda, es decir, la intención del observador crea su realidad.

Nosotros, como seres humanos que somos, tenemos la facultad de poder ser conscientes de dónde enfocamos nuestra atención y esta consciencia nos da la libertad (nuestro libre albedrío) para dirigirla donde queramos. Esta atención crea aquello que observa, como hemos visto, así que somos seres creadores.

Somos seres creadores.

¡Qué grande es lo que somos!, ¿verdad?

Somos energía vibrando, creando continuamente aquello a lo que prestamos atención, pero la sociedad en la que vivimos nos transmite la ilusión de ser otra cosa diferente, haciéndonos creer ser algo mucho más pequeño, mucho más limitado, que la belleza como seres que realmente somos. La clave de todo, como veremos en sucesivos artículos, son las creencias que tenemos: ellas son las que dirigen todo nuestro poder creador, son las que guían nuestra vida.

Así que te hago esta sencilla pregunta: ¿quién crees que eres?
Seguimos en «Sintiendo lo que somos: vibración».

Recibe un amoroso abrazo.

Volviendo al camino.

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